El teléfono es el peor enemigo

de la soledad forzosa

a la que me condenaron

Huí de los ceniceros llenos

de las secretarías eficientes

de los montones de papeles

nunca cambié letras por números

pero me vestí con la seda

que tejen los niños

no quise ser esclavo de mi mismo

mi ego cuál tirano

me acortaba la cuerda del sueño

me encadenaba a ordenadores

a volante de mi coche

a la baraja de facturas a pagar

a las drogas y los vinos

mi ego me ató a amores bellos

como de museo

que besaban con los labios juntos

apretados como la ranura

de un cajero automático.

Huí de él hasta casi caer

si caí no dolió lo suficiente

porque lo seguí escuchando

con sus cantos de sirena

entre coachers y emprendedores

y allí frente a un inspector

comenzó la fuga del infierno

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