Pasear por el filo de un pelo, era lo mas intrépido que sabía hacer en la memoria, en el trozo de en el que habita lo que va dejándonos poco a poco, se lo lleva, es como un mural hacía el levante del que grano a grano el viento se vá llevando como un ladrón de miles de manos diminutas los colores y las formas, llega el día en que ya no se distinguen los límites y las áreas de color son difusas y leves a veces el naranja es rojo o rosa y los azules se convierten en gris marengo.
La memoria se vá y aunque la sigas con tu dedo haciendo laberintos en el hule, ella no quiere encontrarse contigo, de vez en cuando se le escapa un globo de la mano y al explotar por segundos aparecen recuerdos infantiles, ayer te trajo unos patines amarillos de rosca y los buscaste toda la tarde en la caja de los hilos.
A veces viene gente a hablar contigo y quieres llevar la razón, también se esconden en los pasillos y entre los cojines del sofá y pasas noches en vela mirando el techo de la habitación como cuándo te castigaban cara a la pared en la escuela, dices que se rien de ti o te dicen cosas mientas gritas desde el otro lado del pasillo.

Las distancias han cambiado los kilómetros son pasos que te acercan a las cosas que ya empiezan a darte miedo, las duchas escupen fuego, el agua está envenenada, la comida no sabe a nada y no quiere bajar al estómago, la carne está empanada con cristales…. y la muerte no lo vé, te ha congelado en el salón y todas las rutinas entran en bucle, síntoma de que caerán al vacío.

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