Si casi cuarenta años de vida en plena madurez y qué a mi no me importan me pesan mas otras cosas como la indiferencia, los cánones y la felicidad que otros creen que es de tu talla.

La lucha contra el eterno femenino duele como agujas de vudú ser el blanco de tanto “debería” mortifica.

La vida no es divertida cuándo se trabaja a doble espacio y se duerme en los filos de los folios, cuando los ratos de ocio son los de tren y las horas que robas al sueño y tras la sisa del insomnio.
Encontrarte con la otra Tú que te mira con ojeras desde el otro lado de el espejo ahora cada mes voy dando un paso atrás alejándome de ese espejo con la fé de que esa distancia formal terminará por reconciliarnos.
El intento de atrapar una vida que se escapa por el fregadero, entre trabajos y esperas.
Ya dignamente atravesando el ecuador, haciendo balance a escondidas de la felicidad acumulada y de los sueños y promesas cumplidas. Intentando reconciliarme con la vida de la única manera que sé creando en soledad casi a escondidas.
Sin justificarme en ningún formalismo para no gastar
saliva en discursos que caigan en pozo vacío.
Luego mi engaño está en casa viendo la televisión con mala cara, hablando en idiomas distintos.

Hago la comida, la cena la sirvo recojo y sigo el día entero incapaz de poderme meter en su película como un indio mas del reparto, vivo en en esa soledad observada que es la convivencia.
Esa naturaleza muerta llena de insectos que acabarán por pudrirla y la sensación de aburrimiento y de letargo.
Casi cuarenta años que me hacen sentir que la vida no cumplió su contrato conmigo y que la realidad es que yo tampoco cumplo con ella, no quiero resignarme a ser parte de el inventarío de cafetería, ni a ser adicta a los planes vacíos de gimnasio y vacaciones programadas.
Mi gran capital como persona es in-embargable e intangible desde que hice hace años las paces con las letras y volví a acariciar con mis pinceles lienzos y a regalar palabras tímidamente

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